“Gordon Matta-Clark. Contra viejas superficies”. De Ariel Florencia Richards (2025)
En julio de 2001, en el Departamento de Composición de la Universidad Politécnica de Cataluña, defendí mi tesina de máster sobre Gordon Matta-Clark. El documento tenía apenas cuarenta páginas y se presentaba como un flujo de conciencia: un conjunto de imágenes vertidas sin puntuación, traspasadas por el cuerpo del investigador. Esa era su forma.
Sin embargo, también realicé una acción como contraparte de aquel texto. Durante una semana, en el centro histórico de Barcelona, trabajé con una cuadrilla de dominicanos expertos en demoliciones en un edificio abandonado. Seleccionamos y recogimos objetos personales de los habitantes expulsados por orden del Ayuntamiento: carnés, libretas, revistas, papeles, fotografías antiguas, objetos domésticos, así como fragmentos de pisos, molduras, baldosas y muebles. Fui acumulando todo ello en mi piso, pero el paso del tiempo, que nunca es neutral, comenzó a hacer insoportable esa colección, cargada de vida y memoria.
Como arrastrado por esa misma fuerza del tiempo, dispuse los objetos frente al solar vacío del edificio ya demolido, creando una instalación extremadamente íntima, efímera y personal. La documenté, con torpeza, en diapositivas, pero decidí ocultarla ante la comisión examinadora, y reduje la acción a un mero relato, casi un cuento. Llamé a ese trabajo “Contra la muerte”.
Veinticuatro años después, regreso a Matta-Clark. Esta vez, lo hago a partir del valiente e inteligente libro de Ariel Florencia Richards, Gordon Matta-Clark. Contra viejas superficies, publicado por Metales Pesados. Aunque esbocé una reseña, constaté de nuevo cómo la obra de Matta-Clark se resiste tanto al formato periodístico como al artículo académico indexado.
Para mí, la lectura de un libro siempre implica un gesto muscular, porque todo pensamiento pasa, consciente o no, a través del cuerpo. De ese primer borrador de reseña, rescato algunas frases: “recuerda que ningún lugar también puede ser aquí y ahora”, “no un objeto, sino un verbo”, “abrir un espacio en lo intermedio”, “un sujeto fantasma” y “Gordie”.
“Ella”, la autora de la investigación, ha concebido un libro a partir de su revisión del archivo de Gordon Matta-Clarke en el Canadian Center for Architecture. En sus páginas rastrea “ciertos datos biográficos especialmente trágicos” que revelan “la permanente proximidad al abismo de su vida”, ya no como objeto de estudio sino como sujeto, casi con la osadía de un cuerpo a cuerpo que recuerda a una carta de amor. Así se cruzan “Ella” (quien lleva un diario de investigación) y “Él” (apareciendo a través de su atracción fantasmal), en un diálogo construido con documentos como el álbum familiar —que Anne Clark, su madre, confeccionó con rigor y constancia durante años—, cuadernos de notas, entrevistas, artículos y otros objetos personales.
Me pregunto: ¿existe acaso una biblioteca personal donde se conserven las marginalias, subrayados o juegos de palabras de GMC, para, desde allí, componer un nuevo libro que fusione la fuerza lectora -conservadora con la poética- creadora en una verdad aún vigente?
Ariel Florencia Richards no solo arroja una nueva luz sobre la obra de Gordon Matta-Clark, con un marco metodológico que supera la figura del “arquitecto rabioso” y desafiante de la arquitectura institucional, sino que también expande las posibilidades de la investigación frente al canon asfixiante de la academia. En su proceso, “Ella” se funde de manera amorosa, tierna y valiente con su “sujeto de estudio”, revelando así la fragilidad, complejidad y dependencia emocional de GMC. En este sentido, “la conciencia de la muerte se convirtió en uno de los motivos más radicales que moldearon su imaginario”, iluminando su vida a través del ansia, la pérdida, el rechazo, la ausencia y el accidente.
Si bien GMC fue un arquitecto cuya principal materia de trabajo fue el espacio, sus aperturas, cortes y excavaciones, intentaron siempre deshacerlo, desestabilizarlo, dinamizarlo, en una constante metamorfosis. Como el signo que une el apellido del padre pintor (Roberto Matta) con el de la madre artista, la obra de Matta-Clark se funde de manera inseparable con su propia vida, concebida como un espacio abierto a lo intermedio.
De manera análoga, el trabajo de Ariel Florencia Richards se presenta como otro espacio que se abre, esta vez entre el diario y el archivo. En ese proceso, el “yo investigador” se vuelve inseparable del objeto investigado, abriendo nuevos caminos para el conocimiento de las artes y, en particular, para la enseñanza de la arquitectura concebida como una relación íntima entre obra y vida.